Una veladura en el espacio-tiempo, bisturí de fuego, filo vengativo, derramó la sangre de la tierra, restaño sus entrañas, volcán instantáneo en busca de sacrificio humano para apaciguar la furia. Apenas instantes, se abrieron las puertas entre el mundo terrenal y el Mictlán, el Hades, el Infierno. Se tendió un puente largo que abraso cualquier materia que pretendiera interrumpir su paso. Un puente para que vivos y muertos pudieran contemplarse,  algunos incluso dar un paso al frente, espejo falso y transitar al camino de ese mundo paralelo que seductor miraban. La memoria, fuego entonces, se mordió su propia cola para consumirse voraz. Nadie pensó en escapar. Ninguno articuló palabra. Y con el paso del tiempo son recuerdos, instantáneas, imágenes que ahora contemplamos para reconstruir una historia que yace, como escombros, en el olvido colectivo. La memoria, dicen, es selectiva, captura instantes y les aplica los filtros que desea según el inconsciente de cada uno. A veces lanza preguntas que son arpones pero que deja sin respuesta. Su latido, con el paso de los días, va menguando, corazón delator en algún momento, ahora llama que se apaga con el hálito final de su incandescencia. Instantes que se fueron dibujando a partir de una vivencia colectiva y personal, como un asalto de cuervos, como el parpadeo final de la veladora. Cenizas que son memoria.