No es que me encantara volar, incluso no contaba con demasiadas millas acumuladas. Había tenido vuelos tranquilos y algunos más agitados pero que no habían pasado de turbulencias y un estado mental de tensión provocado más por mi miedo a que el avión cayera a en realidad haber estado en peligro.

       Tampoco era de los que bebían para poder subir al avión o tomaban pastillas para dormir. El problema con los vuelos, alguna vez me lo dijo una amiga psicoanalista, es que subirse a uno es aceptar de manera tácita e irrevocable la posibilidad de morir, suceda o no. Y si uno no le da muchas vueltas tiene mucho de razón: una vez en el aire, es prácticamente imposible hacer algo en caso de un “imprevisto”.

       En esa ocasión cruzaba el océano en un viaje medianamente largo y puedo afirmar que fue este día en el iniciaron los sucesos que transformaron nuestro mundo y destruyeron la civilización o la idea que teníamos de ella. De cualquier manera para ese entonces la cuestión no era saber que estábamos condenados a la extinción si no tratar de adivinar cuándo y cómo llegaría ésta.

       Nunca tuve un ritual para el despegue, no a esas alturas de mi vida, lo más que hacia era frotar las palmas de mis manos un par de veces. Ignoro si esto molestaba a mi compañero de asiento. Lo que sí procuraba en todas las ocasiones era elegir el lado de la ventanilla. Me gustaba la idea de observar como el suelo  quedaba atrás y la superficie se empequeñecía.

       Una vez que el capitán anunció que el avión se había estabilizado a varios kilómetros sobre el piso, extraje de mi mochila de viaje el libro en turno que procuro siempre llevar conmigo. Leía una antología de ciencia ficción y estaba a la mitad del volumen. Los demás pasajeros también comenzaron a desentumirse, algunos se pusieron de pie, otros encendían sus computadoras o platicaban entre ellos. A mi el libro me venía bien como pretexto para escabullirme de un hipotético contacto social sin infringir la etiqueta que se debe seguir en los vuelos.

       Sobre mí no hay mucho que decir, trabajé más de una década en una empresa dedicada a vender juguetes para niños. Sus ventas eran millonarias, si existiera, seguro aún lo serían. Cuando decidí renunciar era el jefe del área de publicidad, y aunque ganaba bien, cada centavo recibido lo intercambiaban por sangre y tiempo de vida. Como renuncié no recibí compensación de ningún tipo, supongo que esas eran las reglas del juego, incluso puedo decir que fueron decentes y me pagaron todas las vacaciones que me debían y que nunca pude tomar. Intenté sacar a flote mi propio despacho, me asocié con un amigo y nos lanzamos a la aventura, teníamos la convicción de que la experiencia de ambos bastaría para que nuestro negocio fuera exitoso. No fue nada fácil, y si no hubieran muerto mis padres de forma repentina en un accidente carretero (detestaban viajar en avión), convirtiéndome en su único heredero, nos hubiera costado mucho más esfuerzo o incluso quien sabe si no hubiera terminado pésimo ese negocio.

       Vendí los inmuebles que no necesitaba. Ese capital más el dinero del seguro y de las cuentas que tenían lo guardé en bancos e inversiones, lo que bien administrado me permitía vivir sin problemas. A esas alturas tampoco me interesaba formar una familia, me bastaba con algunos encuentros ocasionales a manera de distracción y relax.

Debíamos llevar una hora de vuelo cuando escuché el sonido que emite el móvil cuando recibí mensajes. Pensé que quizá era un niño jugando con su tableta pero de igual manera de forma casi instintiva lo saqué de la mochila para revisar si tenía algún mensaje. Y sí, justamente tenía un mensaje no leído en el buzón. Me asusté, mi primer pensamiento fue que había olvidado poner en modo avión el aparato. El mensaje tenía como remitente una serie de números y letras que no decían nada. El espacio para el mensaje estaba en blanco, pero la verdadera sorpresa fue comprobar que el modo avión estaba activado.

       Dejé de leer. Intentaba armar el rompecabezas tras la lógica del mensaje, la única conclusión a la que llegué en ese momento fue que tal vez el mensaje había quedado “atrapado” tiempo atrás  y por alguna razón había aparecido en pleno vuelo. Tal vez precisamente por eso el remitente era prácticamente ilegible (una combinación caracteres alfanuméricos) y no había texto o mensaje. Asentí con la cabeza como para darle más fuerza a mi suposición.

       Retomé mi lectura, sin embargo ya no logré concentrarme. Me encontraba inquieto, incluso ya no guardé el aparato en la mochila como solía hacerlo, lo puse junto a las revistas que guardan en el asiento de enfrente. Estaba en eso cuando el móvil sonó nuevamente. Era otro mensaje. Lo miré, eran más números y letras tanto en el remitente como en el cuerpo del mensaje. A la brevedad llegó otro, y enseguida uno más. Ante la aparente indiferencia de los demás decidí apagar el aparato y en todo caso ya en tierra buscar una solución. Aparentemente ésto funcionó y tras un buen rato expectante como ya no escuché el aviso de mensaje volví a tomar el libro para continuar la lectura.

       Llevaba como una página leída cuando una fuerte sacudida y su consecuente vacío en el estómago me distrajo. No fui el único que resintió lo que pensamos era una bolsa de aire, de inmediato los rostros de miedo o sorpresa se expandieron dentro del avión.

       Un niño gritó a su mamá desde algún asiento cercano al mío —mira mamá, hay algo entre las nubes… —Todos volteamos hacia donde apuntaba el niño intentando mirar algo a través de las ventanillas. Justo en ese instante el teléfono móvil comenzó a sonar en espera de que respondiera la llamada.