¿Vale la pena asustarse por la ausencia de estos espacios idílicos en donde el lector encontraría una jauja de opciones para leer? ¿No será más bien un acto exageradamente teatral de razgarse las vestiduras? Si según los estudios de los últimos quince años al mexicano no le gusta leer, la gran mayoría jamas ha puesto el pie en una librería, y millones no quieren saber qué es un libro y mucho menos adquirirlo, ¿vale la pena seguir predicando en despoblado la urgencia de contar no sólo con un espacio decente para adquirir libros, sino también que esos espacios se preocupen por contar con los catálogos de editoriales independientes no sólo del país, también de España, Argentina, Chile, el resto del mundo?.

Entre culturosos, perdón entre personas interesadas en el mundo de la cultura, se habla que nuestra literatura, la mexicana, la de Jalisco, la de la zona metropolitana de Guadalajara, es aburrida, intrascendente, que son los temas de Rulfo o Arreola con algunas variaciones pero no hay más. Por supuesto hay algunas excepciones, que como se dice, son las que confirman la regla. Pero aquí no trato de denostar a nuestros escritores, sino más bien de buscar una posible razón de lo anterior. A manera de excusa pienso que ellos no tienen la culpa de escribir de esa manera. Se trata de un círculo vicioso, una cadena de eventos desafortunados: ¿Cómo esperamos (editores y lectores) encontrar la aguja en el pajar si se sigue leyendo lo mismo que hace 20 años? Leer a los clásicos es importante, a los grandes nombres de la literatura, la mayoría ya fallecidos o lejos de la creación, pero como caballos, no miramos hacia otros horizontes.

¿Cómo esperamos que se renueve nuestra literatura, más allá de la falta o no de posibles lectores, si no existen espacios en los cuales los habitantes de esta ciudad, según esto la segunda o tercera de mayor importancia en el país, puedan leer lo que se escribe en otras latitudes, con otros ritmos, con otras problemáticas, en otros idiomas?

Nuestros autores, o los autores, difícilmente van a dejar de imitar a nuestros próceres de las letras si no descubren otras maneras de contar, de decir, de afrontar la realidad.

Afortunadamente existe el internet y los envíos (los cuales sin embargo, muchas veces son más caros que el mismo libro que se desea), lo que nos lleva a la conclusión de que al parecer cualquier situación gira en torno al mercado, estamos invadidos por éste y por la idea de que cualquier actividad debe ser productiva para el bolsillo. Probablemente la respuesta sea obvia, ningún empresario de los libros se va a arriesgar a traer los catálogos de aquellas editoriales que ignora si serán comprados, o de las que tiene la certeza que se comprarán uno o dos. Es una sencilla ecuación, los mexicanos no leen, o si compran libros compran los de moda, la portada que debe aparecer en las selfies, el titulo para citar en las discusiones del trabajo o en el bar.

Más claro ni el agua, seguiremos condenados a leer a nuestros clásicos o bien a todo aquel libro que se ponga de moda, o pongan de moda esas pocas editoriales que pueden repartirse el pastel y enviar a sus autores, por ejemplo, a alguna feria del otro lado del océano.

Curiosamente lo que no para es la cosecha de escritores. Pareciera una paradoja, quizá llegará el día, si no es que ya llegó, en el que habrá más creadores de obras y artistas que consumidores de las mismas (ni pensar en compradores).