Hay muertes que llegan en silencio, sin mucha alharaca mediática, pero que pesan más en el espíritu. Murió Gustavo Sainz dice el periódico, confirman las redes y los conocidos. Me remontó a finales de 1999, cuando La Voz de la Esfinge apenas contaba con un número publicado e invitaba a diversos autores a participar en ella. Guadalupe Ángeles me proporcionó el correo electrónico de Gustavo Sainz, a quien con temor le escribí invitándolo a colaborar. Iniciaba el proyecto y lo más lógico hubiera sido, o eso creíamos, que a lo mucho nos diera las gracias por la invitación. Lo increíble fue que se interesó en participar y nos mando algunas páginas de una novela en ese momento aún inédita para publicarla en nuestra revista. Publicamos ese texto en el número 2, mismo que le pudimos entregar personalmente en la FIL del año 2000. Años más tarde sin invitación de por medio, nos envío nuevamente un adelanto de una novela aún inédita. Este texto lo publicamos en el número 7-8 de La Voz de la Esfinge, y es precisamente el que deseo compartir. Por el autor, como un gesto de reconocimiento a la fe que nos tuvo sin conocernos, a la confianza, en agradecimiento; por una época idealista y feliz. Porque hay infinidad de ideas que por falta de talento no alcanzan a ser dichas. Con gratitud a GS.